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LO QUE NO VALORAS, DEJA DE VALORARTE

La excusa es un medio eficaz para evitar molestarse en indagar la verdad de una cuestión relevante. Muchas personas utilizan esta herramienta para no desperezarse de su estado de suspensión neuronal del cual disfrutan como un niño pequeño. Y a ello vamos, porque somos como niños al dejar de lado la opción críticaque nos empuja a preguntar, indagar, ahondar y romper con una comodidad absolutamente aparente, aunque nos mantenga en un mundo de "Alicia maravillas", y de esta manera avanzar en el camino del aprendizaje que tanta falta nos hace.

Porque en la vida, vivir es aprender de manera continua. Asignatura que abandonamos demasiado pronto por la razón sencilla de que nuestro ego nos convence de que sabemos todo lo que hay que saber y, desde este punto de partida, desafiamos a cualquiera, porque nuestra razón está siempre por encima de la de los demás.

A la mayoría de los jóvenes les hastía seguir el aprendizaje después de los 14 años, en plena pre-adolescencia. Creen y así lo afirman, que seguir los estudios es una pérdida de tiempo. Solo quieren divertirse ya que tienen las espaldas cubiertas por los padres, o en la minoría de los casos, buscar un trabajo que les paguen antes de demostrar lo "mucho que valen". Pocos son los que realmente valoran que aprender, y no solo para obtener una ocupación rentable en el campo laboral, es una necesidad, por la conveniencia de que la información en cualquier campo profesional se multiplica por minutos, y siempre hay que estar al día.

La profesionalidad requiere y también exige, un modelo de formación continuo, pero no solo en la profesión que se ejerce, además coexisten y son incluso más relevantes, otras dimensiones que complementan cualquier área profesional. El trato con uno mismo se ve siempre reflejado en los demás, estén donde estén, en el trabajo, en el hogar o en algún otro acontecimiento que cope el tiempo. Se requieren habilidades que nos hagan la vida más sencilla. Se precisan conocimientos más profundos sobre el ser humano. Se requiere del "don del escuchar" ya que todos podemos oír al vecino. Del silencio. De la soledad que nos incita a la introspección. De la reflexión y la meditación. Se precisa del amor al prójimo, del trato con excelencia a tus seres queridos. Del saber estar frente a situaciones de conflicto. Del perdón a los demás y sobre todo a sí mismo. Del tiempo para la lectura y el estudio. De sentir paz en los paseos por la naturaleza más cercana. De integrarse en la misma naturaleza, de sentirla y apreciarla ya que nos da la vida.

Hemos dejado de valorar lo sencillo, lo gratuito, lo más importante y aquello que nos realiza como humanos. Esa lección está olvidada en el baúl de los recuerdos, en el cajón desastre de una mente incapaz de calmar un solo pensamiento. No hay refugio donde apacentar las fieras que irrumpen en la mente, porque está llena de cosas que no sirven para vivir con plenitud. Ellas, las fieras, los monstruos, danzan a sus anchas en los espacios de la materia gris. Se ríen de nuestra incapacidad para guardar un poco de silencio. Un silencio capaz de valorar lo que realmente tiene valor. Aquello que cuando muere dentro del corazón se echa de menos con tanta intensidad que logra expulsar lágrimas de verdad.

Hemos de rescatar la facultad de dar valor a lo que realmente lo tiene.

Vienes solo a este mundo. Te vas solo de este mundo. Pero, en el camino otros te acompañan, te complementan, y compartes tu vida, aquello que consigues para caminar por ella lo másnaturalmente posible. Después, lo dejas. Es como un préstamo según tus capacidades y habilidades. Te enseñan a valorar las cosas, aquello que cuesta dinero. Te rodeas de ellas, incluso llegas a dar más valor a ciertas propiedades antes que a las personas que te rodean. La vida te va bien, y te acomodas con una especie de éxito relativo. Después, abandonas. En el camino te olvidaste de que esas cosas vaciaron tu inteligencia sublime, la espiritual. Sí, aquello que hizo que volvieras a tener una experiencia más en este plano material. Perdiste de vista el aprecio a la razón de ser y al sentido de la vida en tus 90 años. Dejaste los abrazos y los besos del corazón para después. Dejaste las citas con tus amigos para mañana. Dejaste el amor a los tuyos para los días 32 del calendario. Y lo peor de todo, te abandonaste, por comodidad.

Esas no eran las reglas, pero ni siquiera preguntaste. Todo lo contrario, cuando alguien o algo te daban un aviso, te acogías a la famosa excusa para defender tu verdad, tu razón. Unjuicio que no deja de ser una mera opinión ya que es fruto de una sesgada, retorcida e incompleta percepción de una realidad engañosa. Pero, estas cuestiones jamás te las planteas cuando se estáincómodamentecómodo dentro de una burbuja donde lo conocido es familiar a pesar de ser un grano en el trasero. Nos habituamos a todo.

La pereza no deja de ser un yerro capital a pesar de no ser consciente de ella. Y la soberbia, que responde como si se fuera un magistrado de cualquier materia, no deja de ser otro sin efecto. No aprender, no estar receptivo, con una mente abierta, capaz de cuestionar, dudar, indagar, preguntar, criticar, deducir y valorar realmente, es dar paso a la muerte. Quizás entierren nuestro cuerpo a los 90 años, pero, si marginamos la finalidad que da sentido a la mente que es resolver preguntas, enigmas y dar respuestas, moriremos a los 15 años sin enterarnos de que va la vida. Haremos el trayecto de manera condicionada por hábitos que adormecen el potencial para la autorrealización. Hábitos que fueron más bien inducidos, proyectados y asumidos sin más porque todo el mundo lo hace igual.

¿Qué tiene valor autentico en la vida, en tu vida?.

Aquello que valoras te valora. Aquello que aprecias, te aprecia. Aquello que dejas de apreciar, deja de apreciarte. Deja de lado a tu hijo, y tu hijo te dejará de lado. Deja de lado el amor a tu pareja, y tu pareja te dejará de lado. No des cariño, ni abrazos, ni besos a quienes te rodean y dejarás de recibir de ellos mismos lo que no les das. No inviertas dinero en la caja, y nada encontrarás en la misma. Aquello que das recibes. Ama y te amará, no ames y no te amarán. Sencillo, verdad. Lo que pones, sacas. Si pones conocimiento constante en tu mente, de ella sacarás sabios consejos. Si aprendes, no dejarás de ser un alumno feliz, porque el conocimiento es el alimento del cerebro, y un cerebro en condiciones manifiesta una mente sabia.

La excusa es la ventaja del perdedor. Un ser deficiente que a pesar de tener respuestas vagas se convence de que son acertadas y sabe más que nadie. No hay verdadero sabio que hable ante la necedad del soberbio, pues, se opta por el silencio ante palabras sin fundamento. Por eso es preferible hablar siempre con solidez, y si no hay asiento en lo que se ha de decir, la alternativa más justa es el silencio. El silencio denota respeto para quien habla con razones, e incluso, para quienes platican sin cimientos, porque si escuchan sus mismas palabras quizás aprendan a cuestionar y consolidar sus elocuciones.

Deja la excusa de lado, es una enfermedad que te impide crecer. Una puerta cerrada que imposibilita una vista sincera al interior. Un freno que paraliza tu proceso y crecimiento emocional y espiritual. En nada te ayuda. Es la perdida de tu tiempo jamás recuperable. Es un mal para el alma que no puedes permitirte.

Tú decides.

JJ. Ll. N.

 

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